Sorbos y despistes
Si hay algo que define mis mañanas universitarias es el café. No un café cualquiera, no: EL café. Ese primer sorbo que me activa el sistema y me recuerda que tengo responsabilidades, apuntes por leer y una vida académica que mantener más o menos en pie. Sin ese ritual matutino, sinceramente, yo solo sería un mueble mirando al infinito.
Estudiar Pedagogía con TDAH es una experiencia que merecería su propia serie. A veces empiezo un trabajo súper motivado, me siento en mi escritorio con toda la intención del mundo… y cinco minutos después estoy reorganizando los bolis por colores, mirando vuelos baratos o recordando que existía una serie que vi en 2017 y que quizá debería retomarla. Otros días, en cambio, me despierto con ese “hiperfoco” que aparece sin avisar, como un superpoder que no controlo, y en dos horas hago más que en toda la semana. Ojalá supiera convocarlo a voluntad, pero de momento funciona como un Pokémon: sale cuando quiere.
Y aun con ese caos mental de fondo, hay algo que me mantiene firme: la sensación de que lo que estoy estudiando tiene sentido para mí. Porque, aunque a veces mi mente vaya por libre y haga excursiones sin avisar, cuando aterriza en un tema que me toca, que me mueve o que me recuerda por qué quiero trabajar con personas, entonces sí: ahí se alinea todo, aunque sea por un rato.
Supongo que al final funciona así, mi cabeza es un sitio lleno de ventanas abiertas, ideas que se persiguen y momentos brillantes que aparecen cuando les da la gana. No lo tengo todo controlado, pero he aprendido a convivir con ello. Y, sinceramente, aunque el camino sea un poco caótico, también es divertido e inesperado. Y con eso, realmente, me basta.
Comentarios
Publicar un comentario