Aprender a Amar

Hay gente que entiende el amor como una flecha que llega, te atraviesa y te cambia la vida. Yo no. Yo lo entiendo más como un proceso educativo: un aprendizaje continuo, un espacio donde te descubres, te cuestionas, te ríes, te frustras… y, si hay suerte, también creas. Supongo que por eso, cuanto más estudio Pedagogía, más claro veo que mi forma de querer está atravesada por la manera en la que entiendo a las personas.

Para mí, el amor no va de “completar” a nadie, sino de acompañar. Igual que en la educación, no se trata de moldear al otro, sino de generar un contexto seguro donde el otro pueda ser él mismo sin miedo. Cuando quiero a alguien, no me interesa que sea perfecto; me interesa que sea auténtico. Que sepa que puede equivocarse, que pueda tener días terribles, que pueda perderse… y que yo voy a estar ahí sin intentar rescatarlo, pero sí sostenerlo. Es la misma lógica que aplico cuando pienso en la intervención socioeducativa: no vengo a salvarte, vengo a caminar contigo.

También creo que el amor —al igual que la pedagogía— necesita paciencia. Una paciencia activa, de esa que no es pasiva ni resignada, sino que observa, escucha, pregunta, intenta comprender y construye. No me gusta amar deprisa. No me funciona. Prefiero ese amor que se va desarrollando como un proyecto en el que las dos partes participan, donde hay constancia, humor, explicaciones cuando algo duele y celebración cuando algo avanza. Como un proceso pedagógico, en el que si no evaluamos, si no revisamos, si no ajustamos, ¿cómo vamos a mejorar?

Y luego está la parte más bonita: el vínculo. En Pedagogía siempre hablamos del vínculo educativo como ese lugar donde las personas se sienten miradas con dignidad. Pues para mí, el amor es exactamente eso: un espacio donde te miran bien. Donde el otro te ve en tus luces, en tus sombras, en tus días de gloria y en tus días de “me he levantado raro y no sé por qué”, y aun así te reconoce. No te exige ser otra persona.

Al final, creo que amo como pedagogo: con intención, con escucha, con curiosidad por el mundo interno del otro y con ganas de construir algo que tenga sentido. No busco un amor perfecto ni espectacular, busco uno donde ambos podamos ser un poco más nosotros. Uno donde aprender no sea una carga, sino un regalo.

Ademas, tuve una relación que, la verdad, fue un aprendizaje que me enseñó mis límites, mis valores y, sobre todo, que no siempre el amor romántico llega de la forma que uno espera. Salí de ahí más fuerte, más consciente de lo que quiero y de lo que no, y con la certeza de que no necesito depender de nadie  para sentirme querido. Porque ese amor romántico que no llegó, lo reemplazan mis amigas todos los días, con risas compartidas, conversaciones profundas y un apoyo incondicional, ellas me dan ese cariño intenso y real que me hace sentirme acompañado, valorado y completamente querido.

Y quizá por eso, cuando pienso en el amor en todas sus formas, me sale esta mezcla rara de emoción, reflexión y ternura. Porque para mí, querer es una forma de educar y ser querido es una forma de ser acogido. Y si hay algo que tengo claro es que, igual que en pedagogía, el amor es un camino que se anda, no un objetivo que se alcanza. Y ahí, en ese recorrido imperfecto y precioso, es donde sucede la magia.



Comentarios

Entradas populares